La noche cubría el Bosque Imaginado como un manto de chocolate sobre una tarta de tropezones. La mayoría de sus habitantes dormía; los que no, volaban entre las sombras de los árboles o caminaban por los senderos que se abrían entre ellos, bajo el brillo de una luna que empezaba a sacar sus gasas negras. La primera estrella, el Lucero del Alba, relucía muy cerca, y parecía inmensa.
Y ahí estaban ellos dos, con todos los sueños despiertos y los ojos bien abiertos, sentados en la tibia raíz del viejo sauce que agitaba sus hojas como mil cintas susurrantes. Aquel susurro acunaba el silencio de aquellas dos pequeñas sombras que contemplaban una luna casi dormida.