El sendero se abre sin aviso, como si el Bosque hubiera decidido respirar justo ahí. Qamar flota baja, casi rozando las hojas de cristal, y su luz azul no cae: se desliza, se enreda en las raíces aéreas, dibuja venas luminosas que palpitan al ritmo de un corazón que aún no sabemos si es nuestro o del suelo mismo.
Ratoner aparece primero, no caminando, sino deslizándose por una probabilidad que acaba de nacer. Su pelaje brilla con reflejos de futuros que todavía no ocurrieron. Detrás, un chisporroteo: Garrampas salta de una rama a otra, dejando un rastro de pequeñas estrellas fugaces que estallan en olor a ozono y a hierba mojada por relámpagos. Ninguno habla. No hace falta. El Bosque ya está contando.




