No sé sí fue una vez —o fueron más— que me hablaron de alguien que no guardaba monedas, sino los bordes de las cosas —me pregunto que para qué— y, según me contaban, decía que solo en la sombra de un árbol o en el perfil de una letra se escondía la verdadera gracia, el verdadero misterio —¿qué gracia?, ¿qué misterio?
Una tarde encontró una sombra que no pertenecía a nadie —¿qué me estás contando?—. Estaba quieta, proyectada sobre una pared blanca, con la forma de un pájaro que no movía las alas. La intentó atrapar con sus manos, pero sus dedos solo tocaron la fría cal.





