Cada mañana, el maestro Filigrán subía al tejado con su escalera plegable y ajustaba las nubes según la hora exacta del viento. No usaba manecillas ni péndulo, sino gaviotas amaestradas y una brújula que giraba solo hacia dentro.
—Hoy es martes de 14:73 —decía, y entonces llovían peces azules sobre los relojes de sol, que sonreían como si entendieran algo.
Los vecinos no lo cuestionaban: desde que él regulaba el cielo, los días eran menos predecibles, pero infinitamente más hermosos.
Nadie sabe qué ocurrió cuando desapareció, solo que desde entonces las nubes llegan tarde, y los sueños —según el Instituto de Cronobiología Ilógica— han empezado a retrasarse también.
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| Uno de los primeros posters de la película Alicia a través del espejo |

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