No sé sí fue una vez —o fueron más— que me hablaron de alguien que no guardaba monedas, sino los bordes de las cosas —me pregunto que para qué— y, según me contaban, decía que solo en la sombra de un árbol o en el perfil de una letra se escondía la verdadera gracia, el verdadero misterio —¿qué gracia?, ¿qué misterio?
Una tarde encontró una sombra que no pertenecía a nadie —¿qué me estás contando?—. Estaba quieta, proyectada sobre una pared blanca, con la forma de un pájaro que no movía las alas. La intentó atrapar con sus manos, pero sus dedos solo tocaron la fría cal.
Quien me lo explicaba —totalmente convencido— me dijo que le escuchó decir:
—¿Por qué no vuelas?
La sombra, sin voz pero con peso, se alargó hasta rozar sus zapatos. En ese momento, aquella mujer —porque era una mujer —comprendió que no era la sombra de un pájaro, sino la sombra de un suspiro que alguien había olvidado soltar.
Abrió la ventana, dejó que el viento entrara en la habitación y, de pronto, la pared quedó vacía —esto ya no sé si es magia o flipe o la cuadratura del círculo—, pero por lo visto, la buena mujer, por primera vez en años, dejó de mirar los perfiles para mirar el cielo.
Y entonces, después de escuchar sin decir ni mu, dije —con algo de ironía, cabe decir— a quien me lo estaba contando:
—¡Bien lo sabrás tú! Que sabes de sobras que el cielo no es un techo, sino el revés de un guante que nadie se atreve a llenar; y te empeñas, una y otra vez, en contar estrellas porque, sin querer, lees el secreto que está en el negro de la noche.
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| Misterio y melancolía de una calle / Giorgio de Chirico |

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