La noche cubría el Bosque Imaginado como un manto de chocolate sobre una tarta de tropezones. La mayoría de sus habitantes dormía; los que no, volaban entre las sombras de los árboles o caminaban por los senderos que se abrían entre ellos, bajo el brillo de una luna que empezaba a sacar sus gasas negras. La primera estrella, el Lucero del Alba, relucía muy cerca, y parecía inmensa.
Y ahí estaban ellos dos, con todos los sueños despiertos y los ojos bien abiertos, sentados en la tibia raíz del viejo sauce que agitaba sus hojas como mil cintas susurrantes. Aquel susurro acunaba el silencio de aquellas dos pequeñas sombras que contemplaban una luna casi dormida.
El agua reflejaba el cielo, la luna, las estrellas… y el Bosque parecía tener un hermano danzando sobre el Lago de los Secretos —o, como algunos empezaron a llamarlo, Lago de las Verdades Ocultas— cuyas aguas, según cuenta la leyenda, cambian de color según el secreto que guarde quien se asoma a mirarlas.
—¿Conoces la vieja leyenda de los antiguos habitantes del Bosque? —preguntó Ratoner a su queridísima amiga Garrampas, absorta ante la impresionante belleza que se abría ante sus vivos ojos.
Le miró por un momento, seguramente, ni lo vio. Se limitó a suspirar un simple no.
—Esa leyenda dice que si echas al lago una lágrima de risa, este se vuelve un lucero… y si es de pena —continuó Ratoner, bajando la voz temiendo que el lago pudiera escucharle—, el agua se vuelve tan oscura que solo la luna se atreve a mirarse en ella.
Garrampas parpadeó despacio, como si regresara de muy lejos.
—¿Y si no es ni risa ni pena? —preguntó, casi en un hilo.
El viejo sauce dejó caer una hoja entre ellos.
No fue viento.
No fue casualidad.
Ratoner la miró, luego miró el lago.
—Entonces… —dijo— el Bosque decide por ti.
—¿¡Cómo que decide por mí!? ¿Qué decide? —preguntó, sorprendida.
El sauce contuvo el susurro de sus hojas, ajeno a la brisa, como si también quisiera escuchar la respuesta.
Ratoner sonrió. Sabía que había captado toda la atención de la ratoncita. Se acomodó, adoptando el tono misterioso de los grandes narradores de historias.
—Decide tu destino inmediato, querida Garrampitas —susurró, señalando la hoja que el sauce había dejado caer—. El Bosque parece que no habla, pero recuerda todo. Lee todo lo que callas en el fondo de tu alma. Por eso, no soporta los corazones tibios. Si te asomas sin sentir una alegría pura o una tristeza clara, el lago se vuelve del color de la niebla.
Garrampas miró la hoja del sauce flotando inmóvil en la orilla. El agua, en ese preciso instante, empezó a teñirse de un curioso azul eléctrico y misterioso. Ella contuvo el aliento. Sus pelos se erizaron y empezó a chisporrotear. Ratoner, que conocía, como medio Bosque, de su extraño don, se apartó un poco, de manera disimulada. Las chispas de su amiga le erizaban los bigotes, los pelos de la testa y, en ocasiones, el cuerpo entero.
—Ratoner… —murmuró— yo no he llorado desde hace mucho.
Aquel azul se hizo más profundo, más vivo, como un latido removiendo la superficie. Y algo cambió en la luz y en el cielo, también.
La luna errante, Qamar, la que se preparaba para un corto viaje y que, hasta aquel momento, parecía sumida en un ligero sueño, dejó caer uno de sus velos.
No era plateado. Era oscuro. Casi negro.
«Como una mala noche», decía Ratoner.
—No siempre eres tú quien mira —musitó, sin apartar los ojos del lago—. A veces… es el Bosque quien te reconoce.
El agua tembló.
Y durante un instante —tan breve que pudo haber sido un sueño—una figura de velos negros se reflejó donde antes solo había estrellas y un tímido gajo que partía el cielo.
La ratona sintió un vuelco en el corazón. Aquella figura del reflejo pareció caminar hacia ella desde el fondo del agua.
—¿Nos ha visto? —consiguió preguntar Garrampas, agarrándose con fuerza a la raíz del árbol y al brazo de su amigo, quien apretó los dientes para soportar la intensidad de aquel gesto que le había engrifado hasta los huesos.
—Nos ha reconocido —corrigió el ratoncillo, mientras el velo negro del agua comenzaba a ondularse hacia la orilla, buscando sus patitas.
El velo rozó la orilla.
No tocó la tierra.
No hizo ruido.
Pero las raíces del sauce se tensaron como si algo antiguo despertara en ellas.
Garrampas no pudo moverse.
No tocó la tierra.
No hizo ruido.
Pero las raíces del sauce se tensaron como si algo antiguo despertara en ellas.
Garrampas no pudo moverse.
—Ratoner… —susurró, con un hilo de voz que ya no parecía suyo— creo que… no es el lago.
El ratoncillo frunció el ceño, como si todo aquello le extrañara tanto como a ella. Pero él sabía del pequeño secreto.
—¿Cómo que no es…?
Pero no terminó la frase.
El azul empezó a cambiar.
No hacia negro.
No hacia luz.
Sino hacia un color incierto, tembloroso… como si dudara de sí mismo. Entonces lo comprendió. Y, por primera vez, Ratoner no tuvo respuesta inmediata.
—No es un secreto… —murmuró.
Las chispas de Garrampas, azuzadas por el miedo y la fascinación, saltaron hacia el agua en diminutos destellos. Al tocar la superficie, el velo azabache no las apagó; las absorbió, dibujando pequeños arabescos, constelaciones que subían desde dentro del lago.
La silueta se detuvo a escasos centímetros de las patitas de la ratoncita. No vio ningún rostro, pero sintió una mirada profunda, limpia y serena que le recorrió el alma. Aquel tul, como una cinta de sauce, hecha de sombra y agua, mostró una esfera perfecta de luz plateada, idéntica al brillo original de Qamar antes de vestirse con sus sayas oscuras.
—No tengas miedo, Garrampas —articuló como pudo el pobre ratón, que a duras penas resistía aquel estremecimiento eléctrico ocasionado por el contacto con la ratona.
El sauce dejó caer otra hoja, esta vez directamente sobre aquel velo que parecía una mano tendida. Al tocar la esfera de luz, la hoja se transformó en un pequeño pergamino plateado, sellado con una gota de resina brillante. El velo se retiró lentamente. Ninguno de los dos acertó a saber si se fundía con el agua o ascendía hacia el firmamento, pero volvió aquel tímido reflejo al gajo de luna que partía el cielo.
Ratoner tragó saliva. Todo él era una bola de pelos tiesos envuelto en un espeso halo de sorpresa.
—Creo que debes abrirlo… —susurró, sin dejar de apretar los dientes. Aquellos impulsos eléctricos eran muy intensos, muy duramente soportables.
Garrampas dudó. No por miedo, sino porque no sabía qué iba a encontrar y tampoco sabía si deseaba hallar algo. Sus chispas se aquietaron y, por fin, Ratoner, también se pudo relajar, aunque todos los pelos de su cuerpo estaban erizados, como si hubiera cada uno de sus dedos en dieciocho enchufes.
No había tinta.
No había palabras.
Solo un reflejo.
Un instante.
Y en él, Garrampas se vio a sí misma… no como era, sino como podría llegar a ser. No vio a una ratoncita asustada que se escondía entre las raíces del sauce; vio a una guardiana. Su reflejo caminaba con paso firme por los senderos más oscuros del Bosque Imaginado, y a cada paso que daba, sus chispas no quemaban ni daban corriente, sino que encendían pequeñas linternas en las flores cerradas, iluminando el camino para los habitantes perdidos… cuando en el cielo solo titilaban las estrellas.
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| Ilustración onírica generada por IA para este cuento. |
—¿Qué ves? —preguntó Ratoner, alisándose con cuidado los pelos de la cabeza, que aún se resistían a bajar—. Tus ojos brillan como si tuvieran el Lucero del Alba metido dentro.
Ella no respondió de inmediato. Pasó la yema de su patita sobre el reflejo. Al hacerlo, la imagen de su «yo futuro» le tendió la mano desde el pergamino y una última chispa, esta vez cálida y mansa, saltó de él a su pecho.
—No hay peligro, Ratoner —respondió, con una voz que no era un hilo, sino un río en calma— Es Qamar, y me está enseñando el mapa de mi propia fuerza.
Su amigo ya lo sabía, pero Garrampas debía descubrirlo por sí misma.
El pergamino comenzó a deshacerse entre sus dedos, convirtiéndose en una fina capa de polvo estelar que el viento de la noche esparció por la orilla.
El Lago de los Secretos volvió a ser un espejo perfecto y tranquilo, pero algo muy intenso, muy importante —una revelación— había nacido en Garrampas.


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