viernes, 30 de octubre de 2026

Las almas perdidas del Bosque

La penumbra cae pronto cuando octubre se quiebra ante noviembre, y entre los árboles milenarios de este refugio de sombra y musgo, la tierra húmeda comienza a suspirar bajo el peso del frío y la memoria. Huele a silencio roto, a hojas caídas y a cera derretida. Y se sienten, lejanas, las huellas de lo invisible.

Imagen de la red modificada bajo premisas para este relato.

Hay un momento en que el tiempo parece detenerse y el olvido, si tiene verjas, se entreabre. Es entonces, cuando los espíritus del Bosque, etéreos y danzantes, siluetas de bruma, abandonan su letargo. Flotan en el aire, atraídos por el resplandor dorado que brota del interior de las calabazas que, como luciérnagas gigantes en una procesión silenciosa a los bordes del camino, los guían hacia su remanso de paz. Al frente, el guardián del camposanto, el último no vivo que sabe el camino. Porta su cirio encendido, y guarda silencio.

Mientras tanto, los vivos apagan el bullicio de la faena diaria y colocan sus farolillos y velas en los umbrales de sus casas. Nadie cruza la linde; nadie osa interrumpir el paso solemne de las almas que, vestidas de luna, regresan a buscar su reflejo en el agua quieta de los arroyos.

Imagen espectral y onírica, diseño especial óleo para el relato.

Y en esta noche de Ánimas, cuando el viento del norte agita las ramas secas como dedos de hueso, se alcanza a oír el murmullo de sus cantos y rezos que evocan el pasado y los lamentos. Es un rumor que asciende desde la hojarasca y se eleva como el humo para recordar que el suelo que no pisan guarda tanto la calidez del hogar como el latido eterno de lo efímero.
Los vivos y los muertos comparten un mismo territorio y, no hay duda: el invierno asoma la nariz con pasos de sombra y estrellas de hielo.

Los muertos se van —a veces—. Los vivos se quedan —no siempre.

Luego el silencio. 
La calma. 
La espera.

Y el undécimo se planta con los brazos en jarra.



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