La penumbra cae pronto cuando octubre se quiebra ante noviembre, y entre los árboles milenarios de este refugio de sombra y musgo, la tierra húmeda comienza a suspirar bajo el peso del frío y la memoria. Huele a silencio roto, a hojas caídas y a cera derretida. Y se sienten, lejanas, las huellas de lo invisible.
![]() |
| Imagen de la red modificada bajo premisas para este relato. |
Hay un momento en que el tiempo parece detenerse y el olvido, si tiene verjas, se entreabre. Es entonces, cuando los espíritus del Bosque, etéreos y danzantes, siluetas de bruma, abandonan su letargo. Flotan en el aire, atraídos por el resplandor dorado que brota del interior de las calabazas que, como luciérnagas gigantes en una procesión silenciosa a los bordes del camino, los guían hacia su remanso de paz. Al frente, el guardián del camposanto, el último no vivo que sabe el camino. Porta su cirio encendido, y guarda silencio.
![]() |
| Imagen espectral y onírica, diseño especial óleo para el relato. |
Luego el silencio.


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Recuerda la netiqueta a la hora de comentar.